© 2019 Ricardo Coello Gilbert

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El velo de los creadores, 2017

Texto sobre obra.

 

“El velo de los creadores” es parte del trabajo que llevo desarrollando durante los últimos años donde señalo partes del contenido de la biblia que suelen ser escondidas y calladas por quienes promueven ese libro como obra de algún creador; y suelen ser desatendidas, poco reflexionadas o completamente ignoradas por quienes profesan la sobrenatural autoría y excelsitud de dicho texto.

Quienes utilizan el libro para perpetuar su posición de dominio sobre otros, los autoproclamados intérpretes y conocedores de la voluntad divina, expertos en la revelación suprema, categorizan de forma antojadiza, caprichosa y conveniente qué de su contenido es ley, qué es alegórico y qué de ellos es mejor ignorar. Así, lo que alguna vez fue “palabra de dios”, al ser falsificado por el constante y progresivo avance del conocimiento humano se convierte en metáfora, parábola y alegoría; lo que contradice groseramente el sentido común y atenta a la moral más básica es omitido e ignorado y protegido en un silencio proporcional a lo vergonzoso de la aseveración; mientras otras partes del texto se siguen citando de manera inverosímil intentando imponer, desde curules legislativas incluso, su moral caduca arrastrada desde la edad de bronce.

En ocasiones anteriores he llamado la atención sobre contenidos homófobos, misóginos, violentos, esclavistas, xenófobos, sin sentidos y galimatías de la biblia que la evidencian claramente como creación del hombre; esta vez apunto a una muy común falacia usada como muletilla por millones de creyentes, de que “sólo hay un dios”, mientras en el contenido de la biblia se nombra a una veintena de ellos: Adramélec, Amón / Amón-Ra, Anamélec, Apis, Aserá, Asimá, Astarté / Istar, Baal/Baal Zebub/ Bel/ BelZebul, Dagón, El ternero, El Sol, La Luna, Júpiter / Zeus, Mercurio / Hermes, La Reina de los Cielos, Lucero / Estrella Brillante / Estrella de la Mañana / Hijo de la Aurora / Lucifer, Marduc, Milcóm / Moloc / Mélec, Nebo, Nergal, Nibjáz, Nisroc, Quemós, Refán, Satán / Satanás /el diablo / el Adversario / el demonio / el Maligno / el Príncipe / el Seductor / el Anticristo / el Tentador, Sucot Benot, Tartac; Sin sumarle los millares de deidades que se han paseado por cada rincón del mundo a través de la historia de la humanidad, distintos folclores, mitos y supersticiones. Apologistas religiosos agregarán en seguida el calificativo “verdadero” para especificar que “sólo hay un dios verdadero”, pero al hacerlo se alejan de la mera ingenuidad, miopía e ignorancia implícita en la anterior aseveración para enterrarse más profundamente en terrenos ilógicos e irracionales (pero sin absurdos ni irracionalidades no tenemos necesidad de la fe), para adentrarse en terrenos de lo epistémico, donde la carga de la prueba de esta aseveración es mucho más complicada que la afirmación primera. Vale aclarar que la fe está invalidada como herramienta para determinar la veracidad de cualquier argumento e invalidada como mecanismo para acceder al conocimiento de la realidad, pues con ella podemos “asegurar”, por ejemplo, que “sólo hay un dios, y ese dios es Baal” con el mismo grado de confianza con el que podemos asegurar sobre el alumbramiento de Perseo por parte de su madre, la virgen Dánae, fecundada por el dios Zeus. No hay aseveración, por apartada de la realidad, que no podamos justificar falazmente a través de la fe.

Afirmar que “sólo hay un dios verdadero”, deposita el onus probandi o la carga de la prueba, no solo en determinar que el dios que se asevera es verdadero sino en comprobar además que todos los otros miles de dioses no lo son, tarea de demostración lógica y empírica de proporciones monumentales; más modesto y sincero sería aceptar que no hay aseveración de dios alguno respaldada por suficiente evidencia necesaria para aceptarla como plausible.

La afirmación siguiente, más diluida, es que “todos son el mismo dios”; ignorando los distintos rituales, requisitos, demandas y distintos caprichos de miles de dioses y de adherentes de diferentes sectas y distintas supersticiones; ignorando también los millares de muertes proclamadas en nombre de un dios celoso y vengativo, cada genocidio comandado vía escritura o revelación divina contra pueblos adoradores de dioses rivales. El “buen libro”, en su primera parte es básicamente el testamento escrito con la sangre de quienes adoraban al dios equivocado (una coincidencia afortunada de la historia es que lo “correcto” suele encontrarse del lado de quien gana la batalla). Negar la divinidad de Jesús, de Moloc, o de Mahoma puede ubicar a alguien del lado incorrecto de la dicotomía recompensa/castigo eterno o de una más tangible pena de muerte por herejía o apostasía, o un más sutil (pero no menos irracional) ostracismo o censura. Thomas Paine, en una defensa deísta, afirmaba que debía ser considerada una herejía adjudicarle a dios la autoría de las torturas, ejecuciones y demás obscenidades narradas en la biblia; estas divinas inconsistencias son irreconciliables con algunas nociones de bondad, justicia y belleza atribuidas a otras manifestaciones de deidades.

Una máxima filosófica conocida como la navaja de Hitchens dice que “lo que puede ser aseverado sin evidencias, puede ser descartado sin evidencias”. Este tipo de sentencias entonces, de que “sólo hay un dios”, “sólo hay un dios verdadero”, o “todos los dioses son manifestaciones de uno mismo”, muy a pesar de los adoradores de Baal, Zeus o Yavé, pueden ser desechadas sin reparo ni remordimiento ni mayor consideración.

Una reflexión no del todo tangencial al respecto de los otros dioses tiene que ver con los milagros, que suelen ser utilizados para reafirmar prejuicios y preconcepciones sobrenaturales, causas que ignoramos y cuyos efectos atribuimos a nuestras supersticiones favoritas; la difícil tarea de comprobar que las leyes de la naturaleza hicieron una excepción a favor de uno, es una nimiedad al lado de la imposibilidad de adjudicar correctamente la autoría del milagro, esto es, quizás tu milagro te lo hizo el diablo.

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